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Lluvia

Lluvia que atraviesa las ventanas del cielo con intensidad. 
Lluvia y más lluvia cae desde aquel lugar.
Se transforma, se destroza, entra y sale del mar bajo la tierra en su inmensidad. Lluvia que inunda los balcones bajo una suave brisa de rabia y envidia visceral. Lluvia que acaricia el pastizal y se hace amiga de la tempestad.
Nunca más saldrá el sol. Nunca más veré la luz. 
El cielo se derrumba sobre nosotros mientras una profunda lluvia nos ahoga de dolor. Lluvia que rebalsa el alma de tanta violencia y rencor.
Cayeron mil pedazos a la vez, se llenaron los tanques a granel.
Qué ironía, la vida, la lluvia cae y se nos termina.

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El príncipe encantado (Cuento)

Había una vez un castillo gigante, muy gigante que lleno de colores en su interior, aguardaba la llegada de un príncipe encantado. Mientras nadie tocaba a su puerta, el castillo se preparaba cada día para ese gran momento, adornaba sus habitaciones con mucha imaginación y muchísimo color. Tenía 1500 habitaciones y 458 baños. 15 patios de ilusiones y 10 jardines de mariposas. Tambien había 5 piletas que se escondían entre los miles de árboles y puentes colgantes. El puente mayor tenía lucecitas de galletitas y flores de caramelos, y cada mañana se llenaba de preciosos pajaritos que revoloteaban y cantaban sin parar a su alrededor. Los perros se vestían de traje y galera plateados todos los días y se sentaban en la enorme puerta, de hierro de dulce de leche, a esperar, mientras leían cuentos fantásticos y comían tortas de chocolate. Las hadas del castillo trabajaban en todo momento, perfumando las alfombras, preparando dulces y chupetines para la llegada del príncipe. Así pasaban los día...

La Vida

Sentir que los dedos se secan como la helada contra el viento. Ya las manos no necesitan moverse, ya el color es tenue y tristemente verde. Celebrando la vida nos encontramos, bajo la misma rutina de antaño. El nido está aún repleto de calor, amor, dolor, rencor. Ya no se tolera, por momentos. Sentir que la mente se agotó fumando cigarrillos mientras soñamos con las calles de Nueva York.  Las sábanas grises, oscuras, se tiñen de silencio abrumador. Tal es el silencio que nos lastima cada centímetro de piel. Ya no oímos, no hablamos ni nos miramos. Los dedos secos, helados, fieros. Las manos enojadas. La espalda doblada. Celebremos más vida reencontrándonos con la rutina. El nido revive, nos ama, nos abraza, nos tiene.

Es.

Claro, todos somos diferentes. ¿Cómo entenderlo sin que el mundo se nos caiga encima cuando el tiempo del otro no es el mismo que el nuestro?  Buscamos constantemente la manera de sentir la "famosa" estabilidad entre la mente, el cuerpo y el alma. ¿Cómo lo podemos lograr si el corazón manda? Sí, entiendo, cada uno tiene sus tiempos, ¡su vida! pero en el fondo, en definitiva, todos buscamos lo mismo, amor. Y cuando crees coincidir al fin, y que el alma se llena de paz, cuando las palabras te van llenando las mañanas y las noches, cuando pensas con inmensa certeza: "Sí, es".  Pero es diferente, es a su manera, con su camino y su tiempo. Es con su amor, con su infinita y dulce calma, contra tu intensa tormenta, tan incontrolable y desesperada. En ese momento, en el que no estás pudiendo ni con vos misma, intentas, cerrando los ojos, bajar a la tierra, pisar, sentir, respirar y contando hasta mil, al fin lo lográs y te volves a decir con profunda certeza: "Si...